Estatua José Martí Habana | Foto © Flickr/yosoynuts

Martí está en todas partes

José Julián Martí Pérez, ese luminoso objeto del deseo de los cubanos, nació un 28 de enero.

Era Acuario.

Los signos de aire dan lo mejor de sí bajo el estímulo del pensamiento, la creatividad, la fantasía.

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El mayor don de Martí a Cuba fue intelectual: su literatura, su independentismo, un republicanismo o ‘República’ que solo existió en sus escritos.

Pese a no haber sido mambí, a haber muerto sin disparar un solo tiro en la primera batalla de su vida y en circunstancias dudosas sobre la voluntariedad o no de esa muerte, nadie le cuestiona ser el legítimo ‘Héroe Nacional de Cuba’, lo que conlleva una proyección internacional costosa.

Y es que todo monumento, estatua, busto o tarja conmemorativa es un regalo envenenado con la que un homenaje puede volverse parodia, dependiendo de la fortuna o sensibilidad artística desde la que se interprete al personaje.

Martí probablemente sea de los personajes profanos más esculpidos en el mundo, sino el más, contando sólo cada busto fabricado y sembrado en serie por las cuatro esquinas de Cuba.

Siendo subjetiva toda percepción estética, cada estatua de Martí nos puede parecer más o menos ‘idónea’. Tampoco es que Martí se lo haya puesto fácil a escultores tan disímiles en estilos, épocas y geografías, obligados a reflejar tan solo vetas de una compleja idiosincrasia.

Después de Cuba, lógicamente los países donde más ‘lo’ vemos son Estados Unidos y España. Pero además de Nueva York, Cádiz, Madrid, Zaragoza y otras de la Florida, nos lo topamos en ciudades no vinculadas directamente con su biografía: Kentucky, Washington, Houston, Los Ángeles, Vigo, Gran Canaria, Huelva.

Siempre se agradece que una ciudad extranjera, pongamos Sevilla, se moleste en homenajearlo con apenas un busto, aunque tenga el ceño demasiado fruncido. Si parece muy ‘enfadado’ de eso tiene bastante culpa la típica representación escultórica cubana del Apóstol, que siempre pasa por posturas y rostros solemnes.

Foto: CiberCuba

En sus monumentos emblemáticos de la Isla ―siempre de traje, lazo o corbata― está de pie o camina erguido, enérgico, confiado, de pedestal en pedestal; cabeza alzada, barbilla hacia delante. Algún que otro brazo en alto transmitiendo voluntad, crecimiento, expansión. Manos que generalmente apuntan con los dedos una ruta, con palmas abiertas expresando franqueza, inocencia, sin miedo a darse al mundo.

Foto: Bit Boy/Flickr

Las excepciones al Martí erguido y errante son los sedentes de Santa Ifigenia y de la Plaza de la Revolución, un enorme Zeus sentado en su Olimpo blanco, observando, imperturbable, a los cubanos desfilar como minúsculos mortales.

Foto: Neil Wilkie/Flickr

La tendencia iconográfica del Martí conductor de hombres y centinela de destinos o enemigos, ha tenido sus dos concreciones más ‘pedestres’ en Venezuela.

Una, en la Plaza Puerto Cabello, donde un Martí de piernas y brazos abiertos ―con un viento que no sopla pero que le levanta la cola del traje como la capa a un Superman― parece a punto de despegar. La otra en Caracas, tan oradora que ha servido de tribuna desde la que manifestantes imitan los gestos retóricos de la estatua.

Foto: leopoldolopez.com

El respeto reverencial de los cubanos por Martí impide bajarlo de los pedestales y mostrar, a pie de calle, al doliente poeta sencillo, sincero y cercano, como esas esculturas ‘humanas, tan humanas’ que ahora proliferan en la Habana como carnada de fotos turísticas.

Quizás nuestro excesivo respeto también sea responsabilidad del propio Martí, quien ya en vida procuró legarnos esa imagen adusta en fotos y pinturas donde apenas le vemos sonreír una vez con su hijo.

Comparada con la manía del Martí teatral de gestos severos, la estatua de Nueva Orleans resulta entrañable: se agarra sosegadamente las manos por detrás de la espalda mostrando seguridad, exponiéndose con magisterio.

Foto: Bart Everson/Flickr

Los bustos expresionistas apuestan por técnicas más polémicas: deforman para enfatizar el carácter.

En ese sentido quizás el más controvertido sea el de la Plaza Iberoamericana de Sydney. Se sabe que es Martí por el nombre de la obra. Rostro anguloso, sobre todo pómulos y mirada; cejas arqueadas, ojos saltones, de nuevo entrecejo marcado; el bigote es un labio hinchado. Es un Martí ‘chino’, o de raza indefinida, o multirracial: la cara es máscara vehemente, no se sabe bien porqué, tal vez por la profunda agitación mental que sacude a los Acuarios.

Foto: City Art Sydney

De obligada mención es la estatua de Martí ‘maldita’ por excelencia, la del Central Park de Nueva York, única ecuestre en el mundo que lo honra militarmente y a su vez lo representa del modo más antiheroico: siendo abatido en una muerte o suicidio premonitorios de la muerte de la ‘República’ cubana y su civilidad.

Después del disparo mortal que parece escucharse al contemplarla, el resto es silencio.

Foto: Wikimedia

Pronto los habaneros tendrán su propia réplica. Terminada en 1958, el Departamento de Estado prohibió inaugurarla para que no se le interpretara como apoyo a la Revolución de 1959. Desde entonces la estatua durmió 6 años en un almacén mientras el pedestal de mármol negro estuvo todo ese tiempo a punto, con inscripción pero sin ‘Héroe’ encima.

Como protesta, una madrugada del 10 de octubre de 1964, exiliados cubanos, furtivamente, intentaron colocar allí un modelo en yeso de dos metros de altura, pero el ‘homenaje’ acabó surrealista: las dimensiones de la copia obligaron a decapitarla y poner solo la cabeza de Martí en el pedestal y dejar tendido en el suelo a un caballo y a su jinete sin cabeza.

Finalmente en 1965 se inauguró la estatua ‘maldita’ inspirada en el cuadro ‘maldito’, el óleo La muerte de Martí en Dos Ríos (1917) cuyo autor, Esteban Valderrama, destruyó por el aluvión de críticas a supuestas inexactitudes históricas, defectos de composición o desproporcionada cabeza de Martí (“Cabeza de caja de fósforos”), críticas que solo escondían el fastidio que despertaba la representación verista de un Martí moribundo, y no la triunfante e idealizada que supuestamente correspondía al Apóstol de Cuba.

Foto: Wikimedia

Pero no todo es dramático en las esculturas de Martí.

El Chac Mool con rostro martiano en los jardines de la Unión de Periodistas de Cuba responde al humor de un Martí que en su estancia mexicana se fascinó con la escultura del dios maya de la lluvia, al punto que en sus apuntes se dibujó a sí mismo en la postura de este, reclinado, sosteniendo sobre su vientre el cuenco donde se ponían ofrendas rituales.

Foto: Youtube

Pero si entre todas las esculturas dedicadas a Martí tuviera que elegir la más inspirada, sin duda esa sería la dominicana erigida en Montecristi, la playa donde desembarcó para firmar su última ‘guerra’.

Ingrávida, mitad rostro mitad cielo, haciendo honor al signo de aire de Martí, parecen que levitan los fragmentos libres de su cara arrasados por la corrosión del viento, el tiempo y el salitre, sobre todo su frente, esa zona intelectual tan fecunda en un Acuario.

 

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